¿Qué es peor? ¿Quedarse callado por miedo a equivocarse, o hablar y equivocarse de todas formas? El caso es que el resultado es el mismo, y el caso es que odio equivocarme.
Pero una vez que uno ha tomado esa funesta decisión y se ha equivocado de todas formas, hay que agacharse y echarse al hombro la caja de las consecuencias, sin dejar de avanzar.
Mi caja de las consecuencias fue muy pesada hasta que me dije que había una manera de librarme de ella, y fue renunciar, poco a poco, a la indignación y el descontento que había acumulado hacia otras personas. Y es un proceso que no ha terminado.
La parte más pesada es: ¿cómo pedir perdón por algo de lo que no logras arrepentirte del todo? ¿Cómo le dices a alguien que lamentas haberlo lastimado pero no te vuelves atrás porque lo hiciste honestamente, por su bien, o por el de alguien más?
Yo solía valorar mucho la lealtad, el sentimiento de clan, el somos un equipo, pero hace tiempo descubrí que esa unidad a veces se usa para encubrir cosas que hacen daño al grupo, o a un individuo, o a otros fuera del grupo, y me dije que eso era algo que no volvería a permitir, de lo que no sería parte. La lealtad es buena, pero la verdad es mejor. Si eres mi amigo, no me pidas que sea tu cómplice. Y esto lo digo sin dureza, más bien con tristeza. Porque yo no tengo, tampoco, derecho a pedírtelo. No debo y no puedo hacerte eso.
¿Se entiende?