therat
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10:56:30 am on noviembre 15, 2010 |
Hoy sí que no sé bien cómo quejarme. Me da un poco de recelo. La inquietud que tengo es la siguiente: yo tengo en claro que los cristianos tenemos unas cuantas prohibiciones. Lo acepto y me atengo y si transgredo, me arrepiento.
Pero de ahí, ¿debemos juzgarnos unos a otros por el vestido, por la forma de celebrar, por la manera de alabar, o por el método elegido para acercanos a las Escrituras? ¿Es alguien más santo que usted porque -cito textualmente- tiene callos en las rodillas?
Hasta donde sé, la santidad es un estado de separación. Uno se separa o se aparta por la vía de hacer la diferencia. Hacer la diferencia en la persona que es, las decisiones que toma. La dirección hacia la cual su vida mira. En ese sentido, todos tenemos fallas. Acumulamos cosas, perdemos el tiempo, atentamos contra nuestra salud por causas que no lo valen. Nos gloriamos en nuestros éxitos económicos, profesionales, personales y hasta espirituales.
Me declaro culpable. A veces me siento no satisfecha pero sí cómoda con ‘lo que he logrado’ en la vida. Abro el clóset y recibo una lluvia de trapos. Y estoy clara en que situaciones como esas son parte de mi lista de pendientes a corregir. Pero sobre todo, lucho conmigo misma cuando después de haber orado, o ayunado, o alabado, quiero sentirme especial, superior, mejor. Porque entonces no vale de nada. Se supone que el ejercicio espiritual debe llevarte a la humildad, no a la pompa. Cuando ayunes, cuando ores, cuando des limosna… Ustedes saben lo que sigue.
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