El lunes pasé de estar ligeramente molesta a muy enojada. Uno de los problemas de mi carácter es que una vez que en mi cabecita he armado un orden a seguir, me irrita mucho que me lo cambien. Es terrible descubrir que eres un cero en flexibilidad. Así que dominé mi impulso de protestar y acepté el cambio de planes.
Pero no estaba preparada para lo siguiente. Además de una serie de actividades con las que estoy en desacuerdo, pero que me obligué a no comentar porque lo mejor que puedo hacer es no involucrarme, se me asignó una labor que no me corresponde.
Muchas veces hago trabajos que no me corresponden. A veces hasta los hago con mucho gusto. Pero este no me fue pedido. Me fue ordenado. Sin la presencia de la persona que tiene autoridad en esa área. Más o menos me mandaron a saltarme por encima del director de la música y aprovechando que suelo encargarme de las publicaciones, hacer una especie de programa musical, del que no dispongo, para empezar. Me arriesgo a ser inexacta y a que el gesto sea malinterpretado.
Y también mucho del trabajo pequeño pero necesario que hemos estado haciendo, especialmente los sábados, fue mencionado despectivamente, muy de paso, y con sugerencias de que nos dediquemos a otra cosa. Eso dolió.
Ya ni mencionemos los lunes, que son olímpicamente ignorados… Si hay que hacer una reunión, si hay que irse a otro lado, si se necesita el tiempo y el espacio, usemos los lunes, que allí no pasa nada. Pero eso es un dolor particular. Lo anterior fue un golpe a dos equipos, el de la música y el de los sábados.
No quiero imaginar a qué se deba.
Pero luego recordé algo que yo pretendo enseñar. Que no lo hago por agradar a nadie, ni siquiera a mí. En realidad lo terminé de aceptar anoche, que me fue muy difícil dormir.
Así que por el momento voy a conservar los martes y jueves limpios. No voy a asumir más actividades. Si quiero salir a llenarme de pizza, o a hacer compras, o encerrarme a leer o a jugar en la compu, lo haré, por algo parecido a la salud mental.
Hasta nueva orden.